Sergio Arancibia: De las crisis no se sale con la misma ropa con la que se entró

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En el trimestre enero-marzo del presente año, según las estadísticas oficiales emanadas del Banco Central, la economía chilena presentó un PIB superior en un 0.3 % al PIB del mismo período del año anterior. Es decir, después de un año de dramático recorrido por las profundidades de la crisis, ya estaríamos de regreso a un nivel de producción igual o ligeramente superior a la situación que imperaba en el país en el período inmediatamente anterior al inicio de la pandemia.

No es posible, sin embargo, plantearse como meta la mera reposición de las circunstancias anteriores a la crisis. Se está en presencia de nuevos problemas y nuevas relaciones y estructuras sociales, económicas y productivas, que exigen nuevas soluciones. Abordar la nueva situación con los ojos del pasado puede no solo no ser justo, pues el drama social ha aumentado, sino que incluso las soluciones que se planteen pueden ser inviables, pues se trata, en muchos aspectos, de un país distinto.     

En el campo de la teoría económica es posible definir las crisis como un proceso de caída de la producción y del empleo, y como una interrupción en el ciclo de circulación del capital. Estas circunstancias han sido objeto de estudios y reflexiones desde hace más de un siglo y hay cierto consenso en que ellas implican cambios cualitativos o estructurales en el funcionamiento de la economía y de la sociedad. 

En otras palabras, la fase de recuperación, de crecimiento o de auge que sigue después de una crisis no implica volver a la situación previa a la misma, y seguir adelante en la misma trayectoria que se venía siguiendo con anterioridad. La crisis no aparece como un paréntesis, sino como un cambio en las estructuras productivas y en los grados de concentración de la producción, de la riqueza y del poder. 

Como consecuencia de la crisis hay sectores económicos que mantienen su mercado y otros que ven reducidas su demanda y sus ventas. Hay, por lo tanto, estructuras productivas que pierden rentabilidad y valor, y otras que los mantienen o que los elevan. Esas consideraciones llevan a postular que la distribución del ingreso en el seno de la clase empresarial se modifica, elevando el valor del patrimonio productivo de unos y reduciendo el valor de otros. También el capital financiero, en caso de no desencadenarse un fuerte proceso inflacionario, ve incrementado su valor y su capacidad adquisitiva, visualizando oportunidades de negocios en la quiebra o en la reducción del valor de ciertas actividades productivas. Ello genera cambio de manos en el capital productivo y concentración de la propiedad y de los ingresos. La quiebra o la desaparición de las empresas más débiles o menos productivas genera una cierta depuración del mercado, permitiendo –en un contexto de heterogeneidad tecnológica– la supervivencia de los más fuertes y una elevación posterior de los niveles medios de productividad.

Todo lo anterior se manifiesta con mayor fuerza en circunstancias en las cuales la economía ya venía presentando opciones de transformaciones tecnológicas, tales como la digitalización y robotización de procesos productivos, lo cual reduce la demanda de fuerza de trabajo, cambia las capacidades exigidas a los trabajadores en activo y modifica las relaciones laborales al interior de las unidades productivas.  

Por el lado de la fuerza de trabajo, la pérdida de empleos que se produce como consecuencia de la crisis, en particular en las empresas más afectadas por la caída de la producción, no se recupera con facilidad después que esta comienza a superarse, pues en el camino quedan empresas que han desaparecido, otras que han tenido que reformularse tecnológicamente para poder sobrevivir y procesos de concentración y centralización que implican menos contratación de trabajadores por unidad de capital. Se genera, por lo tanto, una reestructuración de las labores productivas, que afecta a los trabajadores activos, y un incremento de los trabajadores inactivos, en sus modalidades de desocupación, informalidad y abandono del mercado del trabajo. Se acrecienta también una mayor desigualdad en materia de ingresos, de patrimonio y de poder, tanto dentro de la propia clase empresarial, como entre ésta y el promedio del sector laboral. 

En el trimestre enero-marzo del presente año, según las estadísticas oficiales emanadas del Banco Central, la economía chilena presentó un PIB superior en un 0.3 % al PIB del mismo período del año anterior. Es decir, después de un año de dramático recorrido por las profundidades de la crisis, ya estaríamos de regreso a un nivel de producción igual o ligeramente superior a la situación que imperaba en el país en el período inmediatamente anterior al inicio de la pandemia. De allí para adelante, según las cifras oficiales, lo que nos queda es seguir creciendo. 

Si se analiza el crecimiento habido en el PIB de todo el país, desagregado en los principales sectores productivos de la economía nacional, según la misma fuente, el sector agrícola, ganadero y silvícola aumentó su PIB en un 2.3 %, siendo la fruticultura el subsector que presentó el mayor dinamismo en los 12 meses que estamos analizando. La pesca, a su vez, aumentó su PIB en un 15.8 % a lo largo de ese año que va desde el primer trimestre del 2020 al primer trimestre del 2021.

La industria manufacturera aumentó su PIB en un 2.0 % y el comercio creció en un 12.3 %. El sector que ha tenido la más fuerte y sostenida caída ha sido la construcción, que ha decrecido de un año al otro en un 11.7 %.

Sin embargo, la población ocupada no ha recuperado los niveles de antes de la crisis. El PIB está un 0.3 % por arriba de los niveles de precrisis, pero el nivel de ocupación está un 9.4 % por abajo. Pasó de 8.942.420 trabajadores ocupados en el primer trimestre del 2020 a 8.104.130 trabajadores en el primer trimestre del 2021. Una disminución de 838.290 trabajadores. Más producción, pero menos empleo. Más producción con más desocupados. Estos últimos pasaron de 703.300 en el primer trimestre del 2020, a 852.550 en el primer trimestre del presente año. 

En el sector silvoagropecuario y pesca, se pasó de 679.110 trabajadores ocupados a principios del 2010, a 574.750 trabadores un año después. Una disminución de 104.360 trabajadores, a pesar de los grandes incrementos habidos, en esas actividades, en el valor de su producción. 

La industria manufacturera empezó el año 2020 con 860.390 trabajadores empleados y un año después ocupaba a 829.120 trabajadores. Una disminución de 31.230 trabajadores a pesar del incremento de un 2.0 % en el valor de lo producido.

El sector comercio –mayorista y minorista– que fue el que más aumentó en términos de su PIB –12.3 %– ocupaba 1.688.350 trabajadores en el primer trimestre del 2020, y un año después, solo a 1.516.800 trabajadores. Una disminución de 10.2 %, equivalente a 171.550 trabajadores.

Lo más probable es que al interior de cada sector productivo haya algunas empresas más grandes y poderosas que antes, pero exista también una gran cantidad de muertos y heridos –pequeñas y medianas empresas, que no han logrado salvar ilesas en los mares tempestuosos de la crisis–, poniéndose así en evidencia el carácter concentrador de la producción y de los ingresos que hemos mencionado en líneas anteriores. Así, por ejemplo, las grandes cadenas de supermercados y de retail pueden haber aumentado sus ventas, pero no así el pequeño almacén de barrio. 

Un dato último: de los 8.148.2190 trabajadores ocupados en el primer trimestre del 2021, un total de 1.36.160 declaraban –según encuestas del Instituto Nacional de Estadísticas– que habían visto disminuir sus ingresos en el transcurso de los últimos 12 meses, y 454.820 de ellos declaraban que esa disminución de ingreso era superior al 50 %. Es decir, una gran proporción de los que tienen la suerte de tener empleo, tiene condiciones de ingreso, de consumo y de vida peores que hace un año. La crisis, por lo tanto, no solo deja secuelas de desempleo e informalidad, sino que crea pobreza y mala distribución del ingreso al interior del propio contingente de los ocupados, problemas todos estos que se extienden más allá de la recuperación formal de los niveles del PIB. Esos males existían, desde luego, con anterioridad a la crisis, pero esta los ha agravado, generándose un cuadro que es cualitativamente distinto al que imperaba en el período de precrisis. 

En estas nuevas circunstancias, la mera recuperación de algunos indicadores de precrisis, fundamentalmente el PIB, no muestra toda la realidad de la actual situación en materia de niveles de ingresos y de desempleo, y de distribución del ingreso y de la riqueza. No es posible, por lo tanto, plantearse como meta la mera reposición de las circunstancias anteriores a la crisis. Se está en presencia de nuevos problemas y nuevas relaciones y estructuras sociales, económicas y productivas, que exigen nuevas soluciones. Abordar la nueva situación con los ojos del pasado puede no solo no ser justo, pues el drama social ha aumentado, sino que incluso las soluciones que se planteen pueden ser inviables, pues se trata, en muchos aspectos, de un país distinto.

Contenido publicado en El Mostrador

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