Patricio Escobar: La Gran Dimisión

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La medición del estado del mercado laboral identifica un componente residual de personas que se encuentra en situación de cambio de empleo. Es lo que se conoce como “desempleo friccional”.

En algunos países comienza a manifestarse una inusual expansión de ese segmento, debido al abandono de los empleos y se le ha llamado, como fenómeno, La Gran Dimisión.

Existen eventos paradigmáticos que reciben denominaciones que aluden a la profundidad del impacto que suponen. Es el caso de la década de los años veinte en el siglo pasado, cuando se comenzó a hablar de “La Gran Guerra” para denominar a la Primera Guerra Mundial, que había ocurrido en la década anterior. No había memoria ni historia suficiente para comparar ese conflicto con su costo en vidas humanas y destrucción. Casi diez millones de muertos y quince millones de mutilados se sumaron a la ruina y desolación de Europa. Llamarla de ese modo trataba de hacer justicia con la magnitud de la tragedia que había supuesto, la mayor conocida hasta ese momento.

Poco después, hacia finales de los años veinte, el capitalismo parecía un animal desbocado. Mientras la segunda revolución industrial con sus innovaciones en metalurgia, la creación del motor de combustión interna y la masificación de nuevas fuentes de energía, como la electricidad y el petróleo, empujaba un crecimiento acelerado de las economías de reciente industrialización. El mundo de las finanzas disfrutaba de una fiesta privada en que la especulación era el inagotable pozo de dinero fácil. La especulación, que nace de los procesos de mercado (oferta y demanda) y no se relaciona directamente con la economía real, condujo a la creación de una “burbuja” que finalmente estalló el llamado “martes negro”, el 29 de octubre de 1929, precipitando al mundo a una contracción de magnitudes desconocidas. La crisis posterior que se arrastró por largos años fue llamada “La Gran Depresión”, con una secuela de empobrecimiento y crisis social no recordada. Así como los efectos de la I GM, acarreó un importante desarrollo de la salud pública orientada a la rehabilitación, la crisis iniciada en 1929 cambió el paradigma imperante en la economía con el advenimiento del keynesianismo.

Sin embargo, así como siempre “las cabras tiran pa’l monte”, el capitalismo se recrea constantemente en las dinámicas especulativas y, contando con un sistema financiero internacional de un tamaño desmesurado, acaba recayendo en la creación de nuevas y mayores burbujas. Si bien la crisis asiática, asociada a la burbuja especulativa en torno a las empresas “puntocom”, generó un impacto devastador en las regiones emergentes a finales del siglo XX, no alcanzó a la economía mundial en una magnitud suficiente para tener una denominación particular. No hay duda de que la globalización en su versión neoliberal salió lastimada de ese episodio, pero no lo suficiente y así pudo continuar, aunque con algo más de regulación. Las nuevas restricciones fueron finalmente sorteadas mediante la sofisticada ingeniería financiera de los “derivados”.

Así pasó casi una década hasta el año 2008, en que se precipitó el derrumbe conocido como “crisis subprime”, aludiendo a la baja calidad de las garantías hipotecarias, que llevó al sector inmobiliario a liderar la expansión descontrolada del dinero barato. Su efecto mundial fue bautizado como “La Gran Recesión” que, más de una década después, aún conserva la huella de sus efectos sociales.

De manera lenta y apoyada en las espaldas de los de siempre, la recuperación del crecimiento y los empleos se fue gestando. Como tandas otras veces, hubo que recorrer el camino de la reducción del gasto público para que las tasas de interés facilitaran la inversión. Esto se acompañaba de la reestructuración del mercado laboral a escala global. Arribaba una nueva época de precarización, pero ahora con menos servicios públicos y políticas sociales fruto de los Estados que se encontraban bajo un estricto régimen de comida liviana. Como tantas otras veces, los buenos empleos que desaparecen con las crisis son reemplazados por nuevos empleos precarios cuya mejor expresión es el fenómeno del “delivery”.

En distintos rincones del planeta circulan raudos a distintas horas toda clase de repartidores de mercancías al servicio de un “e-comerce” que nos hace llegar desde equipamiento sofisticado hasta comida caliente. La gran mayoría de las personas que se desempeñan en esas actividades, se encuentran en la categoría de “colaboradores independientes” que establecen una asociación con una empresa de logística para satisfacer las etapas finales de la distribución; nada que se asemeje a una relación laboral, por cierto. Cuando nos encontramos con un ciclista que pasa veloz portando un cubo gigante a la espalda, cargado de cosas por repartir, no estamos ante un trabajador, sino frente a un emprendedor dueño de una empresa de distribución cuyos activos son su propio cuerpo y, a veces, la bicicleta.

Casi una década después, la nueva economía se levantaba sobre las cenizas de la crisis subprime e iniciaba un despegue óptimo. Los Estados habían asumido parte importante de una deuda incobrable y que, con bancos técnicamente quebrados, ponía en serio riesgo los sistemas de pagos. A esto se sumaba una política generalizada de retroceso en derechos laborales. De múltiples maneras, el capitalismo siempre parecía encontrar nuevamente la manera de hacernos cargar con el costo de las crisis. Sin embargo, ese paisaje en general bastante idílico, al menos para ese 1% de la población mundial que compra fuerza de trabajo, se trastocó en medio de un cataclismo del que el mundo no tenía memoria. Llegaba, de la mano de una entidad microscópica de la familia de los coronavirus (llamado así por su forma de corona), “El Gran Confinamiento”.

A pesar de la insistencia de años de la comunidad científica en que la peor amenaza en el corto plazo que enfrentaba la humanidad era una pandemia global, la aparición del COVID-19 nos sorprendió, al punto de recién enterarnos que había habido otras dieciocho versiones anteriores de ese tipo de virus. El mundo se paralizó, literalmente. Grandes centros urbanos, que desde la Edad media no veían sus calles vacías, se enfrentaron a una política sanitaria fundada en el aislamiento de los individuos para evitar la propagación del contagio. El Gran Confinamiento comenzó aceleradamente a cambiar nuestras interacciones sociales, junto a los sistemas productivos y los mecanismos de distribución. Entre todos estos cambios, el “teletrabajo” emergió como una fórmula que compatibilizaba el mantener la dinámica de la producción para evitar la paralización completa de la economía, con las precauciones sanitarias frente a una pandemia global para la cual aún no había vacuna ni tratamiento.

El teletrabajo no nació el 2020. Era una práctica que se venía implementando desde el mismo momento en que comenzó a masificarse el uso de Internet. La propia fragmentación de los procesos industriales fue el primer paso. Si primero se dividió la producción de bienes en distintos eslabones de una cadena de valor, que ahora estaban alojados en lugares distantes para maximizar la creación de valor mediante la reducción de los costos, ahora, con el uso de las TIC’s, podían ser y coordinados virtualmente desde un centro de control remoto. Naturalmente, el paso siguiente, con motivo de las necesidades del Gran Confinamiento, fue desconcentrar cada uno de esos eslabones mediante el teletrabajo. Esto resultó especialmente intenso en el ámbito de los servicios. Pero con el paso de los meses esta modalidad comenzó a mostrar sus efectos. Uno de ellos es la disminución de la demanda de oficinas. Se espera que, en España, esa demanda caiga en un millón de metros cuadrados para el año 2021. La tendencia de los últimos años era un incremento de cuatrocientos mil metros cuadrados anuales. Alternativamente, comenzó a verificarse el deterioro de las condiciones laborales con motivo del teletrabajo, esto particularmente en el caso del trabajo femenino. Aun cuando muchas empresas en Europa han comenzado a financiar la conexión a Internet de sus trabajadores e incluso se habla de la necesidad de crear una nueva normativa que regule esta modalidad de relación laboral, existen innumerables gastos asociados a la estancia de las personas en determinado espacio físico con el fin de desarrollar una labor que antaño formaban parte de los costos fijos de la empresa y que ahora son de cargo de quienes ejecutan dicha labor.

Naturalmente este fenómeno tiene una perspectiva de género, puesto que impacta de manera diferenciada a hombres y mujeres. Para estas últimas, permanecer en el ámbito doméstico supone de inmediato una disponibilidad total y permanente para asumir las funciones que le son tradicionalmente propias a ese ámbito, de manera adicional a las estrictamente laborales y que, al desplazarse fuera del hogar, debían abordarse de otra manera en la familia.

Casi dos años después de encenderse las alarmas sobre la pandemia, la situación comienza a estar más controlada. Es cierto que se han producido viarias oleadas de contagio, resultado de la aparición de nuevas cepas del virus, pero a medida que se amplía la población vacunada de una parte importante de los países del mundo, el impacto de los contagios resulta menos letal. Se observan menos hospitalizaciones y de quienes deben ser internados, un número también menor acaba atendido en una UCI y también la cantidad de personas fallecidas se reduce. El mundo parece comenzar a dejar atrás la catástrofe.

Esta situación en el plano económico debía suponer una paulatina normalización de la producción y las transacciones. Sin embargo, los problemas están lejos de comenzar a resolverse. Por una parte, el Gran Confinamiento no solo interrumpió diversos procesos productivos en los distintos países del mundo, adicionalmente también lo hizo con los procesos logísticos de distribución, cuyos efectos en el abastecimiento de consumidores y empresas ha resultado devastador. En la actualidad, el precio del metro cúbico de container se ha triplicado en el mercado del transporte marítimo.

Por otra parte, el mundo comienza a experimentar un proceso inflacionario que no había vivido en décadas. A la caída en la oferta resultado de los obstáculos que enfrentan los procesos de producción y distribución, se ha sumado una monumental expansión de la oferta monetaria. Desde la FED al BCE, pasando por los organismos multilaterales y otros bancos centrales, se ha sostenido la economía a flote mediante distintos y agresivos estímulos monetarios, que recién se espera que comiencen a ser revertidos entrado el próximo año. La inflación ha crecido entre dos y tres veces, pero es aún un problema de segundo orden frente a la necesidad de consolidar la recuperación.

A lo anterior se suma la aparición de un nuevo fenómeno en el mercado laboral de algunos países desarrollados, particularmente Estados Unidos y Gran Bretaña en la actualidad. Es lo que se ha conocido como “La Gran Dimisión” (renuncia, diríamos nosotros).

A medida que la situación de la pandemia mostraba los primeros síntomas de normalización, las empresas comenzaron a retornar a los modelos de trabajo presencial, dejando atrás o reduciendo significativamente el teletrabajo. Esto habría gatillado un incremento inédito de las renuncias voluntarias a los empleos. Los empresarios norteamericanos, en un encuentro con el presidente Biden, le plantearon las dificultades que enfrentaban para conseguir empleados, a lo que el presidente norteamericano respondió sugiriendo aumentar los salarios, haciendo gala de sentido común. Sin embargo, esta respuesta tan obvia no parecía ser la clave del problema.

Las alarmas saltaron en EE.UU. cuando en el mes de agosto pasado 4,3 millones de trabajadores abandonaron sus puestos de trabajo voluntariamente. Al mes siguiente lo hicieron otros 4,4 millones. Actualmente se estima que cerca de 11 millones de trabajadores han dejado sus empleos en ese país, acercándose peligrosamente al 10% de la fuerza laboral. De ese total, más de un tercio lo ha hecho sin tener un puesto de trabajo alternativo. Inglaterra y Japón viven situaciones similares. La Inglaterra de Boris Johnson, que salió de la UE para tener más libertad para controlar la inmigración (entre otros factores), ha debido entregar miles de licencias de trabajo para cubrir las necesidades de transporte de mercancías y combustibles, dado que, desde hace años, es un tipo de actividad que, por sus características, no atrae suficientes candidatos para ocupar los puestos de trabajo disponibles. Japón, que es una sociedad tradicionalmente adversa a los extranjeros, ha anunciado que revisará su política migratoria, debido a los problemas de oferta de trabajadores en variados sectores.

Aún no existen estudios más detallados acerca de las causas de este fenómeno, aunque diversas hipótesis lo vinculan a una valorización de las condiciones laborales y de vida de los trabajadores, igual o por encima de la retribución monetaria. En algunos casos se relaciona con la desaparición del teletrabajo, pero en otras, con un cierto agotamiento de la sociabilidad imperante. Si bien los milenials ya mostraban hace años una errática y desagradable conducta laboral que horrorizaba a los babyboomers disciplinados en el rigor del régimen industrial, son estos últimos, una parte importante del nuevo fenómeno. Según el Pew Research Center, más de la mitad de los norteamericanos mayores de 55 años están ya jubilados. Esto implica que muchas de estas personas han sacrificado ingresos presentes y futuros para poder jubilar anticipadamente.

¿Nos estamos agotando de un modelo de sociedad fundado en una práctica de consumo verdaderamente irracional, que requiere para su financiamiento una inserción sin restricciones en el mundo laboral?

No contamos con suficientes números para rastrear este fenómeno en el periodo prepandemia, pero es posible que la Gran Dimisión haya comenzado a manifestarse con anterioridad y se relacione con un modelo de relaciones laborales destructivo en que empleos precarios y de futuro incierto nos llevan a comprender que nuestros anhelos de consumo jamás serán satisfechos. Si esos empleos, a los que podemos acceder, no nos conducen a la realización posible en una sociedad de consumo, ¿qué sentido tiene conservarlos?

La Gran Dimisión se encuentra todavía acotada a países de alto nivel de ingreso, en que eventualmente las personas disponen de mayores ahorros o Estados que brindan más soporte. Pero en el otro extremo del continuo del desarrollo hay sociedades en que el empleo, definitivamente, no es un seguro frente a la pobreza. ¿Cuánto tardaremos en descubrir que hay un alto costo de oportunidad para el tiempo que destinamos a un empleo que está lejos de satisfacernos?

La Gran Dimisión es todavía un fenómeno emergente y localizado, pero ya se identifica como uno de los obstáculos para la recuperación.

Contenido publicado en La Mirada Semanal

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