Patricio Escobar: «La contienda en el seno de la Unión Europea. Vikingos y romanos.»

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La crisis actual ha provocado drásticas transformaciones en la manera de ver los procesos económicos y sociopolíticos, al punto que muchas de las antiguas certezas hoy adornan museos. Incluso hemos vivido para ver la conversión al keynesianismo por parte del FMI.
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El antiguo paladín de las ideas monetaristas hoy clama por una política económica activa para hacer frente a la crisis desatada por la pandemia del Covid-19.

«Desde Chile a USA, de Brasil a UK, hay discursos que en defensa de una economía ya previamente debilitada tratan de minimizar el impacto de la epidemia»

Desde distintas tribunas, algunas de ellas impensadas hace solo pocos años, se ha insistido en la imperiosa necesidad de una nueva y audaz fiscalidad para contener el impacto sanitario y económico de esta pandemia. Sin embargo, las sombras del viejo orden se resisten a desaparecer. Desde Chile a USA, de Brasil a UK, hay discursos que en defensa de una economía ya previamente debilitada tratan de minimizar el impacto de la epidemia, suavizando de ese modo las medidas de confinamiento y clausura por su devastador efecto sobre la actividad económica. En todos los casos ha resultado una política fracasada y, en la mayoría, tuvo un fuerte impacto en vidas humanas.

La respuesta de la Unión Europea

En el seno de la UE se ha desatado un conflicto de proporciones a la hora de determinar las políticas para actuar frente a esta crisis, mientras aún está fresca en la memoria de los pueblos del sur el tipo de respuesta implementada con motivo de la crisis del año 2008, cuyos ecos aún resuenan en la forma de un canto de agonía de sus víctimas. El propio BCE y el FMI han reconocido que la política de austeridad impuesta a los países del sur no solo fue injusta, sino además ineficaz. Prueba de ello es que aún se arrastran sus efectos una década más tarde.

A pesar de lo anterior, a la hora de formular una respuesta común se han conformado dos bandos antagónicos que reeditan los antiguos conflictos norte – sur, con la salvedad que esta vez Alemania y Francia están respaldando las posiciones del sur. Sin embargo, a pesar de tan significativos apoyos, los primeros se han mantenido inamovibles en sus posiciones, amparados en la capacidad de veto que les entrega la institucionalidad de la UE.

«Ángela Merkel, señala que ayudar a las economías del sur no es un problema de solidaridad, sino una necesidad para alcanzar la necesaria estabilidad en Europa y poder avanzar con los desafíos de los tiempos que corren, que antes de la pandemia ya eran de gigantescas proporciones.»

En el caso de los países del norte, hablamos de Austria, Dinamarca, Finlandia, Holanda y Suecia, al tiempo que los del sur son España, Italia, Grecia y Portugal. Los primeros han sido denominados “frugales”, y se han negado de manera rotunda a mutualizar la deuda mediante la emisión de bonos por parte de la UE o de transferir subsidios directos a los países más afectados. Son partidarios de otorgar créditos blandos, pero condicionados a la realización de reformas liberalizadoras, reducción del gasto público, flexibilidad laboral y cierta privatización de los sistemas de pensiones; al mejor estilo del FMI de los años ochenta en América Latina. En la contrapartida, el otro grupo plantea la necesidad de emitir deuda común para obtener los recursos que permitan salir de la crisis y, bajo ninguna circunstancia reeditar las políticas de austeridad que tanto impacto social han causado hasta ahora. Por su parte, Alemania, de la mano de Ángela Merkel, señala que ayudar a las economías del sur no es un problema de solidaridad, sino una necesidad para alcanzar la necesaria estabilidad en Europa y poder avanzar con los desafíos de los tiempos que corren, que antes de la pandemia ya eran de gigantescas proporciones.

Las posiciones en conflicto

Si los países del norte fueran “frugales”, por defecto los del sur serían “glotones”. Pero el mundo no es tan uniforme ni los grupos tan homogéneos. No obstante, sin pretender forzar demasiado la imaginación, en esta confrontación podríamos encontrar dos colectivos históricos que dominaron Europa en su momento (romanos y vikingos) y que reflejan los actores de este drama.

«Si los países del norte fueran “frugales”, por defecto los del sur serían “glotones”.

Ciertamente, la Historia no dio espacio para que romanos y vikingos se enfrentaran, o al menos pudieran conocerse. Ni en los más febriles delirios de un guionista de películas norteamericanas serie B, aparece una fugaz toma en que el águila romana se enfrentara a un muro de escudos de los hombres del norte (normandos les llamarían los parisinos del siglo IX, cuando vieron remontar el Sena a los feroces guerreros de Ragnar Logbrok).

Sin embargo, sus herederos sí que se han visto las caras. Casi mil años después de que desde Normandía cruzaran el Canal de la Mancha y Guillermo el Conquistador se coronara rey de Inglaterra, se enfrentan nuevamente. Por una parte, están los vástagos de los antiguos pueblos escandinavos, mientras que, por la otra, se encuentran los descendientes de la vieja cultura grecorromana.

Vikingos y romanos

Si los comparamos un poco,[1] podemos ver algunas de sus principales diferencias. Si vikingos y romanos vivieran en una aldea de 100 personas (llamada Unión Europea, por ejemplo), 73 serían romanos y 27 vikingos. Ciertamente los romanos habitan sociedades significativamente más pobladas que los vikingos, al punto que, en promedio, triplican su población. Con todo, de cada 100 euros que se producen en la aldea, los romanos aportan 61 y los vikingos 39, reduciéndose la distancia entre ambos grupos. Distintas condiciones históricas y disponibilidad de recursos explican ese potencial productivo que favorece a los pueblos del norte. El caso es que, como los vikingos son menos, vemos que su ingreso per cápita promedio es el doble que el de los romanos. Lo mismo ocurre con los salarios medios. En el mundo real, los vikingos tienen un salario medio anual de 49.561 euros y los romanos, de solo 24.824 euros.

«Si vikingos y romanos vivieran en una aldea de 100 personas (llamada Unión Europea, por ejemplo), 73 serían romanos y 27 vikingos.»

Volviendo a nuestra aldea imaginaria en que conviven romanos y vikingos, encontraríamos que tiene un determinado volumen de deuda. Si esa deuda fuera nuevamente de 100 euros, los romanos tendrían registrados a su nombre 79 euros de ese total. Si bien es cierto que son más, ello no es suficiente, pues incluso a nivel per cápita el peso con que cargan es mayor. Mientras cada vikingo debiera hacerse cargo de 43 euros en promedio, cada romano es deudor de 57. Enfrentados a la eventual necesidad de pagar esa deuda, un vikingo necesitaría trabajar 168 días del año con ese fin, mientras que un romano promedio debería hacerlo durante 479 días, es decir, cerca de 16 meses, puesto que no solo deben más, sino que, además, como señalamos, el salario medio de los vikingos es el doble del que perciben los romanos.

Ciertamente, entre el norte y el sur existen relaciones asimétricas que se arrastran por siglos y que ayudan de manera importante a explicar estas diferencias. Tempranamente nuestros vikingos desarrollaron sistemas financieros que a ellos les permitieron costear su desarrollo capitalista y su cultura de innovación, mientras que, a los romanos, pagar por sus guerras seculares. Incluso en las últimas décadas, los romanos pudieron experimentar la ilusión del consumo y el bienestar financiado con los diferenciales de productividad que les llegaban procedentes del norte en la forma de dinero barato. Era el tiempo de la globalización, y el sistema financiero de los vikingos (nada frugal, en todo caso) se engordaba con los intereses que pagaban los romanos por los préstamos que graciosamente les concedían.

«Ciertamente, entre el norte y el sur existen relaciones asimétricas que se arrastran por siglos y que ayudan de manera importante a explicar estas diferencias.»

La habilidad de los vikingos estuvo en beneficiarse de los diferenciales de riesgo que imponían tasas más altas a la deuda de los romanos, pero en el contexto de la pertenencia de ambos a la UE, la posibilidad de impago, que explica el diferencial, es prácticamente nula. Negocio redondo: los vikingos recuperan su dinero, cobrando una prima por si ello no fuera a ocurrir.

En nuestra aldea, finalmente, de cada 100 euros de gasto público, 65 se dirigen a los romanos y 35 a los vikingos, pero como estos últimos son pocos en comparación, cada vikingo recibe bienes y servicios por un valor que es más del doble de lo que le toca a cada romano. Así, las sociedades escandinavas gozan de un Estado de Bienestar que es la envidia de sus vecinos del sur, para no hablar de otros más lejanos.

El “rescate de París”

Tras una semana de arduas y complejas discusiones, sin no pocas tiradas de mantel por la prensa, finalmente se llegó a un acuerdo, que por cierto todos celebran como el triunfo de sus propias posiciones. La cifra presentada al inicio por la Comisión Europea se mantiene en los 750 mil millones de euros, pero se modifica la composición que originalmente se planteó, la cual establecía dos tercios en transferencias directas sin retorno y el resto en la forma de créditos. Dada la disparidad de interpretaciones respecto al acuerdo alcanzado, naturalmente el debate se centrará de aquí en más, en la letra chica, en que vikingos y romanos verán lo que desean ver. El caso es que finalmente, las transferencias tendrán un monto de 390 mil millones de euros y los créditos de 360 mil millones.

«La cifra presentada al inicio por la Comisión Europea se mantiene en los 750 mil millones de euros, pero se modifica la composición que originalmente se planteó, la cual establecía dos tercios en transferencias directas sin retorno y el resto en la forma de créditos.»

Pero, ¿cómo se llegó a este acuerdo? Hasta el día anterior, los vikingos no mostraban brecha alguna en su muro de escudos. Transferir dinero sin contrapartida de reformas estructurales, ni en sueños. Por su parte los romanos se encontraban igualmente firmes respecto a contraprestaciones relacionadas con los recursos disponibles. Es claro que ambos cedieron, pero a todas luces, los vikingos llevan la delantera.

Una explicación de este hecho se encuentra en los llamados compensatory check, mecanismo de la era Thatcher que permitía al UK recuperar parte de su aporte al presupuesto de la UE, por su escaso interés de la Política Agrícola Común que concentraba una buena parte de los subsidios al sector agrícola de los países de la Unión. Esta herramienta compleja, obsoleta y que todos han querido eliminar desde hace años, se ha convertido hoy en una vía para otorgar compensaciones a los vikingos por un valor de 53 mil millones de euros.

En el siglo IX, Carlos II El Calvo tuvo que entregar a los vikingos de Logbrok 2,5 toneladas de oro para salvar París. Algunos años después su nieto Carlos III El Simple, con el mismo fin, debió ceder las fértiles tierras del noreste de Bretaña a Rollón El Caminante, que se convirtió en el primer Duque de Normandía.

Las pretensiones de los vikingos modernos fueron más modestas, pero ciertamente en su cabeza no estaba la defensa de la austeridad fiscal u otros valores del neoliberalismo, sino obtener un simple rescate.

«Las pretensiones de los vikingos modernos fueron más modestas, pero ciertamente en su cabeza no estaba la defensa de la austeridad fiscal u otros valores del neoliberalismo, sino obtener un simple rescate.»

Como toda realidad política, lo real y lo aparente no van necesariamente de la mano. Si bien los emperadores de la antigüedad disfrutaban de opíparas comidas, la sociedad romana estaba lejos de ser glotona. Exportó la ley, la ingeniería y llevó el esclavismo hasta sus últimas consecuencias. Hoy, los hijos de esa cultura realizan el trabajo arduo, en condiciones asimétricas y desventajosas respecto a sus vecinos del norte.

Los vikingos modernos ya no campean armados de escudos, espadas y yelmos con astas. Hoy visten de negro y arrastran maletines repletos de tijeras de todos tipos destinadas a recortar presupuestos. Su paso por Grecia hace diez años, aún está fresco en la memoria de ese pueblo. Con todo, sigue siendo difícil asociar el apelativo de “frugales” cuando pensamos en un cumpleaños vikingo.

«Los vikingos modernos ya no campean armados de escudos, espadas y yelmos con astas. Hoy visten de negro y arrastran maletines repletos de tijeras de todos tipos destinadas a recortar presupuestos.»

Contenido publicado en La Mirada Semanal

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