Patricio Escobar desde Barcelona: El mercado de los alimentos y la guerra de Ucrania

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Si por alguna razón el mundo se quedara sin cobre mañana, sería ciertamente incómodo. Muchas industrias se verían comprometidas y, con ellas, variados sectores perjudicados en el mundo y, por cierto, los productores. Pero ¿qué ocurre cuando una guerra compromete un mercado mundial de alimentos que ya atravesaba por una crisis de oferta?

Las condiciones iniciales

La FAO ha presentado un informe acerca del comercio mundial de fertilizantes, el que caracteriza como “un mercado en dificultades”.[1] Esto, como resultado de la escalada de precios vivida durante el año recién pasado. El informe es del mes de diciembre del 2021, con anterioridad a la guerra desatada en Ucrania y las restricciones y sanciones impuestas a Rusia por los países de Occidente. Entre los datos de productos que se presentan están las cotizaciones del mar Negro, que han pasado de US$245 por tonelada, a US$901. Se han multiplicado 3,7 veces.

El precio de los fertilizantes se determina por la interacción de la oferta y la demanda en múltiples mercados regionales, entre los cuales el del mar Negro es uno de los más importantes, en tanto registra la exportación de los dos principales oferentes mundiales: Rusia y Ucrania.

En la situación de restricción que alude el informe y que se manifiesta con fuerza desde la segunda mitad del año pasado, destacan dos elementos principales: el costo de la energía y el estrangulamiento del transporte, producto de las dificultades logísticas y de abastecimiento derivadas del Gran Confinamiento.

El primer elemento nos remite a la situación del gas natural, que desempeña un papel fundamental en la producción de fertilizantes nitrogenados. Este producto ha experimentado un incremento significativo y sistemático de su precio internacional desde el segundo semestre del 2021. El segundo elemento agrega más complejidad al cuadro observado. La crisis derivada de la pandemia ha provocado perturbaciones generalizadas en las cadenas de suministro internacionales, que se ha traducido en un encarecimiento de los fletes, que en algunos casos se ha triplicado, y en el aumento del tiempo de traslado de los productos. Lo anterior se ha manifestado con fuerza durante todo el año pasado y la respuesta de muchos países oferentes ha sido establecer restricciones a la exportación de estos bienes con el fin de cautelar su propio abastecimiento, todo lo cual acaba estrechando más la oferta en este mercado.[2]

El efecto que tiene una restricción en la oferta de fertilizantes posee un impacto de grandes dimensiones en la actividad agrícola mundial. Es un insumo crucial tanto para los productos de consumo humano como para la producción de alimento para aves y animales destinados a la alimentación. Si su precio aumenta, muchos predios agrícolas deben reducir su utilización y con ello disminuir el rendimiento de las cosechas o definitivamente suspender la actividad. En ambos casos, la productividad de la tierra se ve afectada en el mediano plazo. Lo mismo cuando ocurre una interrupción del suministro, ya que se comprometen las condiciones para el desarrollo de la actividad en las siguientes temporadas.[3]

Quinta ley de Murphy: Todo puede empeorar

Si estas eran las condiciones que se gestaban durante el año pasado, la guerra de Ucrania ha configurado un cuadro que solo encuentra un equivalente en lo vivido durante la II GM: una crisis global de alimentos.

Son dos las principales variables que explican la grave situación que enfrentamos. La primera alude a los países involucrados. Rusia y Ucrania son actualmente los principales productores mundiales de trigo, maíz y cebada, al tiempo que representan más de una cuarta parte de la oferta mundial de fertilizantes y, en algunos casos, hasta el 40%. El hecho de que estén en medio de un conflicto armado compromete la cosecha de este año y del siguiente si no es posible cumplir con el programa de siembra para la próxima temporada, en el caso de Ucrania debido a que es el teatro de las operaciones militares, y en el caso de Rusia, por la restricción a las exportaciones debido a las sanciones que Occidente le ha impuesto.

La actual situación posee antecedentes importantes. En tiempos de la URSS, la actividad agrícola de Rusia tenía un rendimiento muy bajo. A pesar de las grandes extensiones territoriales que eran susceptibles de ser utilizadas con fines agrícolas, y de que cerca del 40% de la fuerza de trabajo se destinaba a ese sector, la ineficiencia de la agricultura era tal, que la URSS debía importar cerca del 50% de los alimentos que necesitaba.[4]

Desde el año 2000 se llevó a cabo un importante plan de inversiones y desarrollo del sector agrícola y ello redundó en un incremento sistemático de la producción sectorial, al punto de lograr autosuficiencia alimentaria y, posteriormente, convertirse Rusia en el principal exportador mundial de cereales.

Fuente: Elaborados con datos FAO. https://www.fao.org/faostat/es/#data/RFN

De manera adicional al trigo y el maíz, Rusia es un gran exportador de cebada (30% de la oferta mundial), producto que, a su vez, es un componente esencial en la elaboración de pienso para alimentar el ganado.

Rusia y Ucrania son actores insustituibles del mercado mundial de alimentos, como también lo es Rusia en el mercado del petróleo y el gas. En cualquier mercado con una participación concentrada a ese punto, por sí solo implica una alteración grave con consecuencias importantes en los niveles de precios y la capacidad de satisfacer la demanda. Ello provoca necesariamente una situación de escasez que, tratándose de alimentos, reviste una complejidad de carácter vital.

Fuente: Elaborados con datos FAO. https://www.fao.org/faostat/es/#data/RFN

Sin embargo, el escenario actual es, de lejos, más complicado, adquiriendo el carácter de verdadera catástrofe. En primer lugar, la interrupción del comercio con los principales exportadores, sea porque la producción se ha paralizado por el enfrentamiento militar y la eventual destrucción de la infraestructura necesaria para el desarrollo de la actividad productiva y el comercio, o por el efecto restrictivo que supone, las sanciones sobre Rusia, viene acompañado de un conjunto de impactos colaterales que amplifican el resultado.

Fuente: Tomado de https://www.fao.org/3/ni280es/ni280es.pdf

Sabemos que las situaciones inflacionarias castigan con preferencia a los sectores sociales que destinan una proporción mayor de sus ingresos al consumo, es decir, los más pobres. Los sectores acomodados también consumen, por cierto, y claramente ven cómo su poder adquisitivo disminuye con el incremento de los precios de aquello que compran. Sin embargo, una proporción importante de su ingreso no necesitan consumirla y se acaba ahorrando generalmente en instrumentos que están protegidos de la inflación.

Si aplicamos este principio a nivel agregado, tenemos que hay países que están particularmente expuestos a los procesos inflacionarios originados en shocks externos de precios. En el gráfico anterior se ve una muestra de aquellos cuyo principal componente de gasto son los alimentos. El año 2017 había treinta países en que los hogares destinaban el 60% o más de su gasto a sufragar necesidades alimenticias. Al año 2021 ese grupo había crecido hasta los 53 países y el promedio de gasto en ese rubro subió del 62% al 69%.[5]

De manera inevitable los precios internacionales de alimentos y energía se incrementarán y lo harán en particular en productos que justamente tienen un gran impacto, tanto en el consumo (cereales y combustibles, por ejemplo) como en la producción de otros bienes (fertilizantes). La pobreza y la escasez de alimentos es una condición óptima para los estallidos sociales. Esto necesariamente incrementará la conflictividad a nivel global y con particular intensidad en las sociedades más expuestas. El resultado de este escenario es mayor inestabilidad política, que afectará las dinámicas de inversión, crecimiento y el bienestar de las sociedades, lo que es el punto de inicio de una espiral que puede llevar décadas resolver y que supone ver cómo se evaporan los importantes esfuerzos por combatir la pobreza en el mundo desde inicios del presente milenio. Según el Programa Mundial de Alimentos, actualmente hay cerca de ochocientos millones de personas que reciben asistencia para poder mantener un nivel de nutrición mínimo.[6]

Una impronta en el presente siglo

La guerra de Ucrania no es el origen de la crisis actual. Incluso la pandemia mundial de Covid-19 no es por completo responsable de sus antecedentes. Los precios de la energía venían con una tendencia alcista desde antes y esta se relaciona con los requerimientos de la descarbonización ante el cambio climático. El reemplazar el carbón por petróleo o gas natural, a lo menos, indujo una mayor demanda desde mediados de la última década. Naturalmente, el comportamiento del precio de ese insumo fue gestando las condiciones para un alza de precios global.

La pandemia y el Gran Confinamiento inauguraron un escenario inédito. Si alguien hubiera mirado desde la estratósfera los mares del planeta, habría visto vaciarse de navíos los océanos. Así como las ciudades se paralizaron y sus calles quedaron desiertas, los mares parecían volver al mundo pretérito en que la humanidad no conocía siquiera el poder del viento. Confinados en nuestros hogares, dejamos de consumir todos los bienes suntuarios y allí comenzó la interrupción de la cadena de suministros que, a finales del año pasado, aún no lograba recomponerse. Materias primas, partes y piezas y bienes elaborados, no llegaban a sus destinos y paralizaban otros procesos productivos. La inflación internacional estaba servida.

La invasión rusa a territorio ucraniano constituye, si cabe, un salto cualitativo de este complejo escenario. Si el conflicto se hubiera producido en los países del Golfo Pérsico, el impacto habría estado acotado a una alteración grave, pero transitoria, del mercado de los combustibles. Si hubiera afectado a otros grandes productores de bienes agrícolas, el efecto habría resultado similar. En ambos casos, los grandes oferentes de materias primas habrían compensado los efectos de la restricción en un plazo más bien breve. Sin embargo, la guerra en Ucrania afecta el mar Negro, que es el corazón de la oferta de materias primas, de impacto inmediato. Si el mundo mañana se queda sin cobre, sería, sin duda, un problema. Grave para muchas industrias, pero nunca vital.


[1] https://www.fao.org/3/ni280es/ni280es.pdf

[2] https://www.fao.org/3/ni280es/ni280es.pdf

[3] https://news.agrofy.com.ar/noticia/194330/fertilizantes-como-se-distribuye-mercado-mundial-y-quienes-son-principales

[4] https://www.jstor.org/stable/42778837

[5] https://www.fao.org/3/ni280es/ni280es.pdf

[6] https://es.wfp.org/news/wfp-director-ejecutivo-declaracion-impacto-conflicto-ucrania

Contenido publicado en La Mirada Semanal

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