María José Becerra: “La crisis no es producto del estallido”

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La investigadora de Clacso llama a recobrar el sentido humano de la economía: “Pese a todo, no hubo desabastecimiento. Las ferias libres funcionan perfecto”.

María José Becerra (41) hizo la básica en una escuela pública de San Miguel; terminó el colegio en el Liceo Número 1 Javiera Carrera; y estudió Economía en la Universidad de Chile. Gracias a una beca, se fue a Inglaterra y obtuvo un Master Research in Developed Studies de la London School of Economics.

Hoy su gestión está empeñada en que la economía recupere su definición originaria y aristotélica de ser “la ciencia que administra el hogar”, que esté al servicio de lo humano y de la vida cotidiana.

Este es el sello que ha impreso en los distintos roles que ha ejercido tanto en el sector público como en la academia. En 2017 fue candidata a diputada por el Partido Socialista (en el que milita desde muy joven) y por estos días está ocupada investigando, escribiendo, participando de debates y organizando a grupos de mujeres comerciantes, trabajadores informales y pymes para que puedan negociar mejor sus derechos.

Como investigadora de Clacso (Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales) y miembro de la Comisión Ejecutiva del Foro de Economistas para un Desarrollo Justo y Sostenible, María José Becerra observa la situación económica de Chile. El dato duro: este 2020 Chile podría crecer un 1% con suerte. Y caerán los sueldos y el empleo.

“El modelo está colapsado”

—¿Cómo evalúa la actual desaceleración económica chilena a la luz del estallido social?

—Me interesa dejar en claro que la crisis económica no es producto del estallido. Ya el Fondo Monetario Internacional estaba diciendo a finales del 2018 que íbamos a crecer a un 1%. Sabíamos que iban a disminuir los contratos, iba a aumentar el desempleo y que los salarios iban a bajar. Entonces, lejos de pensar que esto es producto del estallido, yo diría lo contrario: que la economía local logró resistir muy bien después del estallido, porque no tuvimos desabastecimiento, como se anunció al comienzo. Las ferias libres funcionaron perfecto.

—No es común escuchar a un economista referirse a las ferias.

—¡Es que ese es el problema de la mayoría de los economistas chilenos! Se han centrado en la macroeconomía y en los espacios financieros, y no observan la economía real y cotidiana.

—Se les critica por usar un lenguaje ajeno al común de los mortales, de autoridad, como si tuvieran la razón siempre. ¿Es así?

—Absolutamente. De ahí la importancia de generar un lenguaje de divulgación popular de la economía, tal como está ocurriendo con la ciencia. Pero lo primero que hay que entender es que lo que está pasando en Chile es consecuencia de un modelo económico global, que se implantó en la década del 80, donde los gobiernos, junto con organismos internacionales como el Banco Mundial, Fondo Monetario, la Organización Mundial del Comercio, etc., se pusieron de acuerdo. Hubo un documento que se llamó El Consenso de Washington, que estableció que el mercado era el encargado de asignar los recursos; y se aplicaron las mismas recetas a contextos totalmente distintos, sin respetar las culturas locales.

—¿Y qué pasa hoy?

—Cuarenta años después, vemos que el modelo está colapsado. Los recursos naturales se están agotando por un extractivismo desatado y no se han generado las riquezas que se prometieron, tampoco ha habido chorreo. El abuso y la desigualdad han aumentado y las personas se sienten explotadas. La figura del trabajador, que antes fue importante y hasta épica, hoy no vale nada. Esta revuelta social chilena es una demanda por recuperar la dignidad humana y creo que es la oportunidad que tenemos para pensar, entre todos, cómo queremos vivir.

—¿Cuál considera el mayor abuso?

—Las AFP, sin duda. Porque es la industria financiera que genera más ganancias de Chile, realmente es un negocio millonario y aparece, engañosamente, como un sistema de seguridad social, pero no lo es. Uno tiene que entregar por obligación sus recursos a la AFP mes a mes para que ellas se enriquezcan. Y lo que nos devuelven cuando jubilamos es una miseria. Solo un dato: el presupuesto de 800 millones de dólares para el gasto social que anunció ahora el Gobierno se acerca a las ganancias de las AFP en un año.

—¿Qué salida le ve al problema de las pensiones?

—Nosotros hicimos un foro de economistas que es bien variopinto. Están Ricardo Ffrench-Davis, Roberto Zahler, Álvaro Díaz, Carlos Ominami, Stephany Griffith-Jones, entre otros. Y una de las ideas que han salido es decir: “Ok, que haya una AFP estatal”. Personalmente propongo una ley de reforma al mercado de capitales que permita la creación de un Banco del Desarrollo con los fondos de las AFP, donde juntos podamos decidir en qué invertir ese dinero.

“Hay muchos países capitalistas que funcionan bien”

—¿Se considera anticapitalista?

—Para serte bien sincera no puedo decir que soy anticapitalista, porque me cuesta imaginar otro modelo macro. Pero soy antineoliberal, en el sentido de que estoy en contra de este modelo donde todo se mercantiliza, desaparece el valor del trabajo, desaparece el Estado. Eso es una deformación de la teoría clásica del capitalismo, que daba mucho más importancia al trabajo.

—¿Cómo sería un sistema capitalista que funcione?

—Uno en que la ganancia se redistribuyera entre quienes la generan. En el mundo hay muchos países capitalistas que funcionan bastante bien, como los escandinavos. Y la razón es simple: el Estado cumple un rol fundamental y garantiza derechos básicos. Por otro lado, las empresas son más democráticas y hay una mejor distribución del poder y la riqueza, porque los trabajadores organizados participan en las decisiones que se toman.

—¿Qué se necesita en Chile para democratizar las empresas?

—Implica primero una transformación interna de los dueños. No me llama la atención que Luksic diga: “Voy a subirle 500 lucas a todos”. Pero hubiera sido súper interesante que él hubiese dicho: “Voy a repartir las utilidades”. Esa es la mentalidad que hoy está primando en la corriente más heterodoxa, donde hay economistas como Joseph Stiglitz (Premio Nobel 2001), el coreano Ha- Joon Chang, el británico Robert Wade y el chileno Gabriel Palma, entre otros. Y hay modelos concretos inspirados en esto. Por ejemplo, en Alemania existen empresas con los salarios participativos, donde a un holding le va bien y si las utilidades suben, son repartidas. El trabajador tiene derecho de ser parte de esas utilidades.

—¿Qué otro ejemplo de crecimiento más justo podría entregar?

—Los países desarrollados están recuperando el modelo de las empresas cooperativas, que desde la primera revolución industrial fue muy fuerte, pero que en los años 80 se debilitó muchísimo, porque el capitalista comenzó a concentrar toda la ganancia y el trabajo se depreció cada vez más. En las cooperativas el valor fundamental está puesto en el trabajo y eso implica que participan de las utilidades de la empresa. Chile debería fomentar este modelo, porque ha demostrado ser exitoso económicamente. No solo aumenta la productividad, sino que además contribuye al bienestar y a la autoestima de los trabajadores. Si lo vinculamos al estallido social, las cooperativas dignifican y esa es la gran demanda de los chilenos.

—¿Hay modelos de cooperativas exitosas en Chile que se podrían replicar?

—Nosotros tenemos una ley de cooperativas que tiene algo interesante, porque establece que las directivas deben ser paritarias. Eso es un avance. Pero tenemos pocas cooperativas. Una que me gusta mucho es Prymave, que es de los jardineros y jardineras de Maipú. Ellos tienen como patrimonio cerca de un millón de dólares, los órganos de decisión son paritarios y están triplicando sus salarios comparado con jardineros y jardineras que trabajan como empleados de otras empresas y reciben el sueldo mínimo.

—En una familia o pareja, ¿recomendaría que se junte todo y se reparta, a la manera de una cooperativa?

—Lo importante es que haya equilibrio tanto en el aporte como en la ganancia. En esta casa mi marido y yo somos feministas. Él reconoce el trabajo no remunerado, le ha tocado criar y cuidar la casa y a mí también. En nuestra economía el amor, el apoyo y el buen cuidado son aportes tan importantes como el dinero que cada cual genera.

Contenido publicado en: Emol

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