Los BRICS protagonistas para el nuevo orden de posguerra

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La guerra de Ucrania ha provocado consecuencias imprevistas. A las crisis alimentarias, energéticas y las escaladas inflacionarias en el mundo, se suma el eclipse de algunos actores del orden internacional, como la ONU, y la emergencia de otros nuevos llamados a tener un papel protagónico en el nuevo orden que sobrevendrá a este conflicto.
brics

Por Patricio Escobar

El lento parto de un nuevo orden

La historia posterior a la II GM tuvo la impronta del conflicto soterrado entre el primer y el segundo mundo. Los países capitalistas desarrollados pugnaban en medio de la Guerra fría, contra la URSS y sus países aliados. En medio de ese conflicto, el tercer mundo estallaba en revoluciones y guerras encarnizadas, en que, las más de las veces, se enfrentaban soterradamente los dos actores principales de la escena en lo que se ha llamado “guerras proxy”.

Con el paso de los años han surgido nuevos referentes para identificar asociaciones, cuyo acento está en el ámbito económico y, más bien, en las relaciones comerciales. Es el caso de los “G”, letra que designa a los países que encabezan la jerarquía del Producto Interno Bruto. Así, está el G7 que reúne a Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y UK. Este grupo se convirtió en G8 con la incorporación de Rusia el año 1997, y dos años después se transformó en G20, al incorporar a las principales economías de cada región. Este exclusivo club ha tenido como preocupación primordial la estabilidad financiera internacional.

Este proceso de construcción de asociaciones intentaba llenar el vacío dejado por el fin de la Guerra fría que, de uno u otro modo, permitía un marco propicio para la consolidación de identidades ideológicas a nivel internacional. El final de la Guerra fría hacía imperativa la aparición de un nuevo orden.

La disolución de la URSS en 1991 fue el punto de partida para el proceso de globalización en el mundo, en un nuevo contexto de hegemonía unipolar. Derrotada la Unión Soviética, el escenario resultante se llegó a calificar como “el fin de la historia”. Desde una concepción hegeliana en que la historia discurre movida por sus contradicciones, la resolución del conflicto entre el campo socialista y los países capitalistas cerraba una etapa en el devenir de las sociedades. De allí en más, solo cabía un progreso lineal en un mundo capitalista y liberal.

Esa hegemonía incontrastable de USA duró prácticamente una década. En 1993, el Tratado de Maastricht creó la Unión Europea, que se convirtió en un actor relevante en el escenario internacional, y diez años más tarde comenzaron las primeras aproximaciones entre un grupo de países considerados emergentes y de gran potencial.

A Brasil, Rusia, India, China, se unió Sudáfrica algunos años más tarde, y fueron conocidos como los “BRICS”. Luego de la crisis mundial de 2008 y la debacle no solo de la economía y las finanzas mundiales, sino de los fundamentos del neoliberalismo, los BRICS fueron discretamente consolidando sus relaciones de cooperación.

La utopía de la integración

Desde la Patria Grande de Bolívar hasta el proyecto europeo, la idea de la integración de naciones que comparten un mismo sustrato cultural ha sido un anhelo de sus élites ilustradas. Sin embargo, salvo el caso de la UE, esa meta no ha ido más allá de una dimensión comercial en las relaciones, que puede no ser poco, pero está lejos de la idea de integración. Los intentos de avanzar hasta una dimensión política han tenido escaso éxito, y cobran relevancia la República Árabe Unida, resultado de la unión entre Egipto y Siria a finales de los años sesenta y que tuvo corta vida, y la propia UE, aunque esta no ha logrado consensuar una Constitución Política y ni siquiera una fiscalidad única. Sin embargo, es el ejemplo más avanzado de integración comercial, económica y política finalmente.

Otra expresión de integración es el caso de la Organización de Estados Americanos, la OEA. Pero esta adolece de dos grandes limitaciones. La primera es que desde sus inicios fue un instrumento de intervención de Estados Unidos sobre América Latina, llegando en los últimos años a propiciar golpes de Estado contra gobiernos democráticos; bajo la dirección de Luis Almagro, la OEA propició el golpe contra el presidente constitucional de Bolivia, Evo Morales. La segunda limitación es que se ha desenvuelto exclusivamente en el plano político sin avanzar hacia la dimensión económica.

Otras iniciativas en distintos momentos han sido la Liga Árabe, la Unión Africana, el Pacto Andino, la UNASUR o la Alianza del Pacífico. Sin embargo, su efectividad o su propia eficiencia han estado ligadas a que los gobiernos cambiantes mantengan el compromiso con tales espacios de integración, lo que no siempre se ha observado.

Lo que representan los BRICS

Los primeros acercamientos que finalmente conforman los BRICS tienen como contexto el ocaso del mundo unipolar regido por Estados Unidos y el llamado consenso de Washington con su ideario neoliberalEl siglo XXI ve surgir nuevos polos que irradian su influencia en su entorno, con independencia de los poderes tradicionales. China emerge como la gran factoría del mundo; Rusia acaba una década marcada por la reconversión de la economía soviética y la intervención occidental; Brasil, de la mano de Lula, se transforma en una potencia regional; e India fortalece una economía del conocimiento tras una larga acumulación de capital humano avanzado. A ellos se suma Sudáfrica, que acompaña una red de relaciones e influencias en el espacio regional de África.

En términos generales, estos países comparten el hecho de tener un volumen importante de población que les asegura un mercado laboral dinámico y una pujante clase media que asegura una demanda interna sólida. China e India están por sobre los 1.300 millones de habitantes, Rusia tiene 144, Brasil 212 y Sudáfrica una población de 60 millones. El 68% de esa población se encuentra entre los 15 y los 64 años de edad.

Las únicas regiones que tienen una estructura demográfica tanto o más favorable, son América Latina y África. De este modo, estos cinco países reúnen el 40,5% de la población mundial y el 26,7% de la superficie terrestre, en la cual se encuentran las mayores reservas de RR.NN. del mundo.

En este grupo, los países que tienen más avanzada su transición demográfica, es decir, un incremento de la esperanza de vida y una reducción de la tasa de natalidad provocada por la incorporación de la mujer al mercado laboral, son Rusia y China.

Fuente: Banco Mundial

En el caso de Brasil, India y Sudáfrica, se trata de poblaciones jóvenes y en expansión. No obstante, en términos agregados, poseen un perfil solo superado por América Latina y el Caribe. Ello implica una fuerza de trabajo relativamente amplia, con capacidad de reposición y con un sector pasivo acotado, lo que no ocurre con el Occidente desarrollado.

Fuente: Banco Mundial

En las últimas tres décadas, la tasa de crecimiento de la población se ha reducido significativamente en el mundo. A principios de los años noventa, la población de Estados Unidos más la de Europa crecía a un promedio anual del 0,76%, y en el caso de los BRICS, ese crecimiento era del 1,52%. Para el último quinquenio, la población de Occidente creció a un promedio anual del 0,39%, mientras los BRICS lo hicieron al 0,78%. En el mismo periodo, encontramos un comportamiento irregular en la evolución del PIB per cápita. Hasta finales del siglo XX, USA y Europa tuvieron un mejor desempeño que los BRICS. La contracción de la economía rusa en los noventa ayuda a explicar esa evolución, como lo es el crecimiento de China en la década siguiente.

En relación a las estructuras económicas, se aprecia una transición acelerada en todos los casos hacia economías con un importante componente en la producción de servicios. En promedio, los BRICS tienen un 61,5% del PIB vinculado a este sector, y el 58,1% de la ocupación. Sin embargo, es aún heterogéneo, en tanto la producción de servicios intensivos en tecnología y conocimiento está aún concentrada en Rusia, China e India, en tanto que la de Brasil y Sudáfrica es de menor calificación.

Fuente: Banco Mundial

La supremacía económica de Estados Unidos y Europa continuará siendo una realidad, al menos hasta finales de esta década, en tanto no se trata solo del volumen de bienes y servicios que la economía es capaz de producir, que es lo que intenta reflejar el PIB, sino que se trata, además, de la capacidad de innovación, del crecimiento de la productividad, de la disponibilidad de capital humano avanzado, de la calidad de la fuerza de trabajo y de un conjunto de variables políticas que hablan finalmente de la capacidad y la viabilidad de una determinada sociedad para enfrentar el futuro.

La suma de Europa, Estados Unidos y los BRICS en el año 2020 es responsable del 63,9% de las patentes concedidas en el mundo, lo que da cuenta del potencial de desarrollo económico disponible. Ello es resultado de políticas de mediano plazo que estos países han implementado y que se relacionan con la educación, la investigación científica y la acumulación de capital humano. Independientemente de la orientación de esas políticas, vía acumulación y endeudamiento de las familias en el caso norteamericano o de la intervención del Estado en la educación como es el caso de Europa y los BRICS, el resultado es una fuerte concentración de la capacidad de innovación en estos países. En esos términos, y relacionado con los sectores que se consideran de punta -Gestión mediante Tecnologías de la Información (Big Data), Semiconductores y Biotecnología- en los dos primeros Estados Unidos mantiene un lugar preferente como fuente de innovación, mientras que, en biotecnología, los BRICS han consolidado su posición dominante en la última década.

De manera recurrente se ha señalado que la guerra de Ucrania ha fortalecido y cohesionado a Occidente detrás de la OTAN. Luego que la administración Trump en Estados Unidos la desechara, en Europa fue considerada un fósil caro e inútil, al punto de ser definida por el presidente Macron en una situación de “muerte cerebral”. Es claro que no estaba muerta y, lejos de ello, tampoco “estaba de parranda”, puesto que desde 2014 venía cumpliendo un activo papel en el fortalecimiento del ejército ucraniano y en la guerra del Donbass.

El alineamiento de Europa con Estados Unidos a través de la OTAN en este conflicto también ha traído como resultado el fortalecimiento del bloque de los BRICS, convirtiéndose en un polo de atracción de las distintas periferias de los países pertenecientes a ese acuerdo. Un resultado evidente de la solidez alcanzada es que el cúmulo de sanciones que USA y la UE impusieron a Rusia, luego del 24 de febrero, no tuvieron el resultado esperado, incluso a pesar de haber secuestrado la mitad de las reservas internacionales de Rusia. Lejos de estar aislada, Rusia aparece como parte de un espacio amplio que alcanza distintas regiones. Ello es fruto de una política de larga data desarrollada por los BRICS en distintos lugares, especialmente en África.

Lo anterior supone un hecho significativo, y es que los BRICS han dejado de ser un referente de integración comercial o económica exclusivamente. En los primeros días de la guerra, Estados Unidos y Europa se movilizaron para lograr adhesiones, e incluso presionar por ellas, en torno a las sanciones que debían finalmente doblegar a Rusia, y se han encontrado con una resistencia resuelta a plegarse a esas políticas.

Tempranamente China pasó de afirmar el 24 de febrero que las sanciones no contribuían a la solución de los conflictos, a afirmar que mantiene una alianza y cooperación “ilimitada” con Rusia el 30 de marzo, derrotero por el que también se decantaron Brasil e India. Esta última ha jugado un papel fundamental en la comercialización del petróleo ruso, eludiendo las sanciones de Occidente. En el mismo tenor se encontraba África, donde casi la mitad de los países votaron en contra, se abstuvieron o no asistieron a la sesión en que se trató la condena de la invasión de Rusia a Ucrania, reflejando, para sorpresa de Occidente, el largo y cuidadoso trabajo de creación de redes de cooperación e influencia de China y Rusia en la región. Evidencia de ello fue la decisión de liberar de patentes las vacunas rusas Sputnik para prevenir el Covid-19, lo que estaba bastante fresco en la memoria de los países de África.

Los prácticamente veinte años de historia de los BRICS, es un lento proceso de consolidación de un actor emergente que posee todas las cualidades para convertirse en un actor decisivo en el nuevo orden internacional. Lo que inicialmente era un espacio de intercambio para fortalecer acuerdos comerciales, se transformó en acuerdos de integración económica que abarca diversos ámbitos. Es el caso de la educación, área especialmente sensible, considerando que los BRICS educan al 40% de la población mundial. La UNESCO realizó una evaluación de las políticas articuladas en estos países que aparece en un documento titulado “Construir la Educación para el Futuro”. El informe destaca la rápida expansión de la educación superior, especialmente en China, donde entre 1999 y 2012 se quintuplicó con creces. En la Federación de Rusia, los esfuerzos para aumentar los intercambios y la cooperación entre estudiantes y universidades como la BRICS Network University, liderada por este país, enriquecen el aprendizaje. La reforma educativa de Sudáfrica, que se ha centrado en superar las desigualdades del apartheid, es un valioso ejemplo para los países que luchan contra la discriminación y la exclusión social.

En otro orden, desde mediados de 2014 se materializó un acuerdo de los países BRICS para crear dos nuevas instituciones financieras multilaterales: un Banco de Desarrollo (el New Development Bank, NDB) y un Fondo de Reservas (el Contingency Reserve Arrangement, CRA). Con estos instrumentos se persiguen dos objetivos. El primero es promover la innovación, el desarrollo económico y las infraestructuras por fuera de las condicionantes de las instituciones de Breton Woods, en este caso, el Banco Mundial; al tiempo que el segundo busca ser un mecanismo de compensación financiera que apoye a los países que enfrentan desequilibrios de sus cuentas externas, también por fuera de las restricciones y condicionamientos que caracterizan el actuar del Fondo Monetario Internacional.

De manera lenta y discreta los BRICS se habían consolidado como un espacio llamado a jugar un rol determinante en un nuevo orden multipolar, y la solidez de esa apuesta se puso a prueba con la guerra de Ucrania.

Un futuro posible

La invasión de Ucrania sacudió el orden existente, que estaba caracterizado por una hegemonía ya precaria de los viejos actores de L’Ancien Régime. Estados Unidos emergía de la crisis subprime con su modelo de liberalismo radical fuertemente tocado. Las políticas expansivas de la administración Obama llevaron la deuda norteamericana a un equivalente del 130% del PIB, lo que limitaba el intento de recuperar una economía afectada en su raíz. La Unión Europea, en la búsqueda de su consolidación política, debía elegir un camino para salir de la crisis y, bajo las presiones de Alemania y los países del Norte, optó por la austeridad, provocando una severa crisis social que acabó debilitando su construcción identitaria, la que justamente debía fortalecer para delinear su camino propio.

Cuando de una forma u otra las grandes economías estaban recuperando sus niveles de actividad y empleo previos a la crisis, estalló la pandemia del covid-19. El mundo moderno se enfrentó a una situación inédita: el Gran Confinamiento. Con una economía paralizada, los sistemas sanitarios que durante décadas habían sido asfixiados para dar espacio a la inversión privada y la mercantilización de la salud pública, debieron extremar sus esfuerzos. Frente a los desafíos que imponía la pandemia, los gobiernos optaron por un respaldo financiero amplio para hacer frente a las necesidades de personas, empresas y el sistema sanitario público, elevando aún más la deuda. El masivo apoyo de los gobiernos a la industria farmacéutica permitió, en un tiempo récord, contar con vacunas, que a medida que se distribuían fueron amortiguando el impacto del virus.

Nuevamente el mundo salía de una crisis sistémica, pero lo hacía sin una coordinación global muy sólida. Era el esfuerzo de la FED, del BCE, del Gobierno chino o ruso. La OMS entregaba directrices y recomendaciones respecto a los cursos de acción, pero no existía una coordinación global frente a una amenaza que así lo requería.

Pero, como bien sabemos ya, todo puede empeorar. El 24 de febrero no fue un gran evento detonante de la crisis que supone la guerra entre Rusia y Ucrania, que a las pocas semanas ya era claramente un enfrentamiento entre Rusia y la OTAN, en una modalidad delegada de guerra proxy. Desde el Maidan en 2014, Ucrania y la OTAN prepararon las condiciones para este enfrentamiento que debía neutralizar definitivamente a Rusia, permitiendo que USA y Europa se concentraran posteriormente en China, que se veía como el gran competidor.

Sin embargo, las cosas no ocurrieron según lo previsto. Rusia no logró el colapso del ejército y del Gobierno ucraniano en las primeras semanas ni Occidente logró aislar y asfixiar a Rusia. La OMC ha brillado por su ausencia en las discusiones respecto a la interrupción de los flujos de comercio que está afectando dramáticamente al mercado de los alimentos. La ONU se ha mostrado por completo inútil y se encuentra sumida en la irrelevancia en el tema. Más allá de la condena de la asamblea general, en la que 52 países votaron en contra, se abstuvieron o simplemente no asistieron al pleno. El secretario general, António Guterres, no ha logrado encontrar papel alguno en la búsqueda de una salida al conflicto. Sí ha resultado significativa la conformación de un bloque de países en torno a los BRICS que ha podido resistir todas las presiones de la UE y de Estados Unidos, y ha rechazado aislar a Rusia.

Es indudable que la OTAN se ha fortalecido, pero a costa de que la UE hipoteque por completo su autonomía estratégica. Ni Estados Unidos ni Europa se ven ya capaces de mantener las medidas de castigo a Rusia, las que les están afectando principalmente a ellos mismos. Tanto el Pentágono como la OTAN ya saben que la derrota del ejército ucraniano es un hecho, y solo es cuestión de tiempo. Pero, se han comprometido tanto, que el camino de regreso será difícil y costoso.

Los únicos que emergen fortalecidos son los BRICS. Han probado que son más que un espacio de integración económica; son también una coordinación política probada en una coyuntura especialmente compleja. De aquí en adelante, no volverán a tener un perfil bajo, convirtiéndose en un gran polo hegemónico global del mundo que viene.

Publicado en La Mirada Semanal.

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