Eugenio Rivera: Sobre las cámaras de las Regiones

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La cámara de las regiones forma parte de un diseño que desplaza el equilibrio político desde un sistema híperpresidencialista e hípercentralista que encuentra contrapesos en la existencia de dos cámaras espejo, hacia uno en que el equilibrio fundamental se establece entre el Estado central y las regiones constituidas como comunidades políticas vivas, en que sus autoridades elegidas disponen de amplias posibilidades de deliberación y crecientes facultades.

Señor Director:
Al no haberse definido las facultades de la cámara de regiones, es prematura la preocupación de Jorge Correa Sutil y Natalia González frente al fin del Senado. Más debería preocupar que no se llegue a un consenso respecto de sus atribuciones y las de la Cámara de Diputadas y Diputados (CDD).

No es conducente reflexionar sobre este tema a partir de una evaluación, al pasar del rol histórico del Senado o de experiencias de otros países que poco y nada tienen que ver con las nuestras. Se necesita, por el contrario, evaluar el diseño propuesto y si un bicameralismo asimétrico es particularmente propicio para la instalación de un autócrata populista.

La cámara de las regiones forma parte de un diseño que desplaza el equilibrio político desde un sistema híperpresidencialista e hípercentralista que encuentra contrapesos en la existencia de dos cámaras espejo, hacia uno en que el equilibrio fundamental se establece entre el Estado central y las regiones constituidas como comunidades políticas vivas, en que sus autoridades elegidas disponen de amplias posibilidades de deliberación y crecientes facultades.

Prueba de lo anterior es que este diseño llevó a muchos a sostener que el Estado regional conduciría a la división del país, cuestión esta última que el propio texto aprobado descarta. Es como parte de este sistema que adquiere sentido y fuerza la cámara de las regiones en los temas de relevancia regional. A esto se suman el consejo de gobernadores, que representa la coordinación del Poder Ejecutivo regional frente al Gobierno central y la CDD, que asume la dimensión política de la presencia regional en la toma de decisiones nacionales.

Teniendo en cuenta este diseño, se hace cuestionable la visión apocalíptica sin base en la experiencia nacional de que un autócrata con una mayoría en la CDD sería un gobernante sin contrapesos. Ni siquiera el segundo gobierno de Bachelet pudo traducir su mayoría en ambas cámaras en un dominio efectivo. El peligro que enfrentamos es que continúe la fragmentación política que ha dificultado a los gobiernos llevar a cabo sus programas, cuestión que contribuyó a la revuelta popular.


Autor: EUGENIO RIVERA URRUTIA, Fundación Chile 21 y Casa Común

Contenido publicado en El Mercurio

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